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  • Más allá de las aulas

    Más allá de las aulas

    Por María Consuelo González del Castillo

    El camino hacia Santa María del Palmar se iluminaba con las primeras luces del amanecer. El doctor Manuel Cárdenas, con su sombrero ladeado y el maletín de médico en el asiento trasero, conducía en silencio mientras su hija Irma —a quien todos llamaban cariñosamente Mima— contemplaba los campos verdes y húmedos a través de la ventanilla. El olor a tierra mojada y a hierba fresca la reconfortaba, envolviéndola en una calma serena, aunque también le recordaba con dolor la ausencia de su madre, fallecida dos años atrás.

    Desde entonces, padre e hija se habían convertido en un apoyo mutuo. Manuel, respetado por todos como médico y consejero, y Mima, decidida a dejar huella en su trabajo como maestra, compartían la certeza de que la educación y tener claro el valor de la persona, así como respetarlo, eran la mejor medicina contra los males de la sociedad.

    Al llegar a la secundaria del pueblo, el bullicio aún no había iniciado. El patio permanecía en silencio, interrumpido, de vez en cuando, por el canto de un gallo o el aleteo de unas palomas. Con pasos suaves, Mima entró a su salón. Le gustaba respirar profundo; no sabía a ciencia cierta si el aire guardado en el aula olía a polvo, a gis, a lápices, a cuadernos o a sudor de adolescentes después de andar o corretear por el patio. Acomodó sus libros, colocó una jarra con flores frescas, haciendo homenaje a la herencia de su madre, y suspiró para decir en tono bajito:

    —Pues, a iniciar otro día…

    Miró a su alrededor. No era un aula cualquiera, era su aula; la consideraba un espacio de refugio y esperanza. Sin temor a equivocarse, pensaba que su misión no consistía solo en enseñar gramática, matemáticas o geografía, sino en sembrar confianza, en acompañar y proteger a sus alumnos. Sabía que tenía que generar seguridad y optimismo en un entorno donde la violencia y el silencio se habían vuelto costumbre.

    Entre sus alumnos, Mima había puesto especial atención en Eduviges, una jovencita de catorce años, callada y de mirada triste, que siempre cubría sus brazos con suéteres, incluso en los días de calor. La maestra había notado que, a veces, al escribir en el pizarrón, cuando las mangas se le deslizaban, dejaban ver algunas marcas en la piel.

    Ese día, al terminar una clase, se animó a preguntarle con suavidad:

    —Edu, ¿estás bien?

    La chica bajó la mirada y, murmurando, apenas le dijo:

    —Sí, maestra, estoy bien… bueno… sólo que a veces me desespero mucho y pareciera que no estoy bien, pero… de verdad estoy bien.

    Mima comprendió de inmediato que lo que estaba percibiendo tenía que ver con lo que le había escuchado comentar a la psicóloga Blanquita, quien venía de la capital, cuando les habló sobre la autolesión no suicida, conocida como cutting, una manera en que algunos adolescentes expresan su dolor. Aquello encendió todas sus alertas.

    La maestra continuó observando y notó que su alumna evitaba mirarla, además de percibir en sus ojos una tristeza tan grande que no estaba de acuerdo con su edad.

    —Edu, ¿de verdad, todo está bien? —preguntó Mima con dulzura.

    La muchacha volvió a bajar la cabeza y murmuró, apenas audible:

    —Sí, maestra… sólo estoy cansada.

    Pero Mima sabía leer más allá de las palabras. Volvió a ver las muñecas de la chica, pues un nuevo descuido dejó al descubierto las marcas de una inconfundible autoagresión. Su corazón se estremeció.

    Esa tarde, cuando todos se fueron, la esperó en la puerta.

    —Edu, ¿quieres quedarte un momento?

    La chica dudó, pero asintió. Entre sollozos, terminó confesando que, cuando la tristeza, los golpes o los gritos en su casa eran insoportables, se hacía cortes con la navajita que usaba para sacar punta a sus lápices.

    —Es que así siento que se me sale todo lo que me duele… aunque después me arde muchísimo, pero prefiero eso que lo otro —susurró.

    —¿Qué es «lo otro»? —preguntó Irma de inmediato.

    —¡Nada, nada… olvídelo!

    Mima la abrazó con ternura, conteniendo el llanto. Sí había escuchado casos de cutting, pero tenerlo frente a ella, en una de sus alumnas, le atravesaba el alma. Sabía que debía actuar con cautela: protegerla, pero también enfrentar la raíz del problema.

    Y esa raíz tenía nombre: Anselmo, el padre de Eduviges. Hombre de carácter duro y necio, acostumbrado a beber cada tarde con los amigos, se había vuelto temido en su casa. Los vecinos lo saludaban con respeto, pero las mujeres del pueblo lo describían como un hombre violento, sobre todo con su esposa y sus hijas.

    En el hogar, la diferencia entre hijos varones y mujeres era evidente. A los muchachos les celebraba cualquier travesura; a las niñas, en cambio, apenas les permitía hablar. Los castigos eran frecuentes, los gritos de la madre se mezclaban con los portazos del padre, y Eduviges había aprendido a callar, a esconder sus emociones y, finalmente, a herirse en silencio.

    Tras aquella conversación, Mima no pudo dormir. Recordó que sus compañeras maestras le habían platicado de otra alumna, Lupe, que años atrás había terminado con su vida después de un largo periodo de tristeza y soledad. «No podemos permitir que vuelva a pasar», pensaba.

    A la mañana siguiente, propuso en la reunión de maestros iniciar una Escuela para Padres. Le pidió apoyo a la directora, la profesora Porfiria, y más tarde a su padre, el doctor Cárdenas. El objetivo era sencillo, pero ambicioso: abrir un espacio donde las familias reflexionaran sobre la dignidad de la persona, el respeto a los hijos y la crianza sin violencia.

    —No será fácil, Mima —dijo su padre, mientras hojeaba el temario que habían armado—, pero si logramos tocar aunque sea un corazón, valdrá la pena.

    —Así es, papá, yo también así lo creo.

    —Oye, cambiando de tema, fíjate que hoy en la mañana fue a consulta una mujer indígena. Tú sabes que son personas muy apacibles… no puedo evitar que me despierten un sentimiento de protección, además de hablarles con cariño y en un lenguaje sencillo.

    —Siempre me has dicho que no merecen menos.

    —Exactamente. Llevaba a su pequeño, de apenas siete meses, muy enfermito. Tenía una bronquitis severa. Al revisarlo, noté que estaba muy congestionado, así que la miré con ternura y le pregunté: «¿Le hierve el pechito?». Y ella, con toda su candidez, me respondió: «No, se lo doy crudo».

    No pudieron evitar la risa. Al mismo tiempo, se enternecieron por la belleza que se esconde en las respuestas más inocentes.

    —¡Ay, papá, me hacía mucha falta reírme! Gracias por este momento.

    —Debemos agradecer que también podemos vivir instantes como este… Siempre hay a nuestro alrededor gente sencilla y noble —dijo con seriedad el galeno.

    Antes de iniciar la Escuela para Padres, repartió recordatorios a sus alumnos:

    —Es sólo para que no se les olvide. Ya hablamos con sus papás en forma personal.

    Una voz interrumpió tímidamente:

    —¿Y si no saben leer? —preguntó Yola.

    —Entonces, tú léeles la invitación —respondió Mima con dulzura—. Lo importante es que la entreguen.

    Eduviges, inquieta, levantó la mano:

    —¿Usted habló con mi papá o con mi mamá?

    —Solo con tu mamá, Edu, pero me aseguró que vendrían.

    —Bueno —contestó cabizbaja.

    Camino a casa, la chica leyó la invitación y, en silencio, oró:

    Virgencita, te pido que ayudes a mis padres… que ya no nos pegue mi papá y que mi mamá deje de gritarnos. Como dice mi amiga Carmen: ilumínalos, pero no los encandiles.

    Días más tarde, después de clases, Anselmo apareció en la escuela con aliento alcohólico, alterado y con la voz encendida.

    —¡Usted anda metiendo ideas raras en mi hija! —gritó, señalando a Mima.

    —No, don Anselmo. Yo sólo quiero lo mejor para ella —respondió la maestra, sin alzar la voz.

    —Le digo que no se meta. Usted ni siquiera sabe lo que es ser madre; está muy escuincla para querer andar enseñando cómo criar a los hijos.

    Eduviges estaba presente. Con lágrimas en los ojos, se levantó la manga y mostró los cortes.

    —¡Mira lo que me he hecho, papá! ¿Eso es lo que quieres?

    —¡Otra loca! —gritó, sin ninguna consideración por lo que estaba viendo.

    Mima intervino con firmeza:

    —Su hija no necesita miedo, necesita amor. Usted puede ser parte del cambio, don Anselmo, o puede seguir destruyéndola.

    El hombre volteó a verla con desdén y partió a su casa.

    El primer sábado, don Anselmo apareció en la sesión con gesto serio, sentado en la última fila, con los brazos cruzados. Escuchó al doctor Cárdenas hablar sobre la dignidad de la persona, pero no aplaudió ni comentó nada.

    Al salir, interceptó a Mima.

    —No se meta tanto en lo que pasa en mi casa, maestra. Los hijos se crían con mano firme; si no, se suben a las barbas.

    —No se llama mano firme, don Anselmo, se llama violencia —respondió Mima con calma.

    Él resopló y se alejó sin despedirse.

    Una semana después, tras una discusión en la que Eduviges volvió a recibir golpes porque había olvidado traerle tortillas a su padre, los gritos se escucharon hasta la calle. Esa noche, la niña se encerró en el baño con su navajita.

    Se hizo varios cortes, ahora más profundos que otras veces, incluso alcanzando las venas. El dolor físico le resultaba más soportable que el de sentirse tan agredida sin que nadie pudiera hacer algo por ella. Su hermano menor vio sangre en el piso y llamó a su madre.

    Se asustaron mucho. Parecía desangrarse y, en minutos, la llevaron casi inconsciente al consultorio del doctor Cárdenas. Mima llegó poco después, con el corazón en la garganta.

    —Está fuera de peligro —dijo el médico—, pero necesita atención psicológica urgente… y un ambiente seguro en su casa.

    Don Anselmo, con la mirada baja, escuchaba sin replicar.

    Esa misma noche, el doctor lo llevó aparte.

    —Si sigue así, puede perderla. No le estoy hablando como médico, sino como padre. Todavía puede enmendar, pero necesita escucharla… y, sobre todo, respetarla.

    Fue la primera vez que don Anselmo no tuvo una respuesta defensiva. No tenía nada que contestar. En su mente prometió no dejar de ir a las sesiones y hacer un esfuerzo por cambiar. Sintió miedo y, al mismo tiempo, pesar en su corazón. Arrepentido, se armó de valor y le dijo, sollozando, al doctor:

    —Es este maldito vicio con el que no he podido.

    —¿No ha podido? No se engañe, Anselmo, tal vez ni siquiera lo ha intentado.

    —Bueno, lo que quiero decir es que me siento muy mal cuando hago estas cosas.

    —No lo dudo ni tantito. Seguramente eso le pasa después de la borrachera.

    —Así es, doctorcito. Aunque usted no lo crea, sí me doy cuenta del daño que les hago a todos en la casa.

    —Pues comprométase con ellos, con Dios o con quien usted quiera, pero es urgente que cambie su forma de ser y deje el alcohol de una vez por todas.

    Las semanas siguientes, su actitud fue mejorando, al principio tímidamente. Menos gritos, menos órdenes humillantes. La psicóloga Blanquita trabajó con Eduviges en terapia, enseñándole otras formas de manejar su dolor. Poco a poco, las mangas largas dejaron de ser sus aliadas para esconder sus lesiones.

    El salón de usos múltiples se llenaba cada sábado. Padres y madres llegaban con gusto, con deseos de aprender a ser mejores padres, pero también algunos solo iban por curiosidad. El doctor Cárdenas les volvió a hablar de la dignidad de la persona y les insistió:

    —Ninguna mano sobre la mejilla ni una palabra humillante pueden cambiar el valor que cada uno tenemos como seres humanos, porque con él nacemos… nada ni nadie nos lo puede quitar. Lo que hacemos con la violencia es pisotearlo; tal vez lo podemos hacer pedazos, pero siempre permanece en nosotros, porque somos valiosos hasta la muerte.

    Mima después tocó el tema de la violencia intrafamiliar. Puso ejemplos concretos:

    —El golpe, el insulto, la indiferencia… todo deja huellas. Nadie se vuelve mejor con miedo; al contrario, los corazones se llenan de odio y rencor y, a su vez, se vuelven también agresivos y violentos.

    A Eduviges le gustaba colarse en las pláticas. Observaba a su padre desde el fondo del salón. Al inicio, Anselmo empezaba escuchando con los brazos cruzados y los labios apretados, como si quisiera refutar. Pero el duro acontecimiento que había pasado con su hija hacía algunos días y la voz firme y serena de la maestra lo iban desarmando poco a poco. Asentía con un ligero movimiento de cabeza, convencido de que el cambio dependía de él.

    Una tarde, Anselmo llegó a casa con olor a alcohol. Encontró a Eduviges ayudando a su hermana con la tarea. Enseguida se molestó porque no fue atendido de inmediato, levantó la mano para golpear a su hija, pero en ese instante recordó las palabras del doctor Cárdenas: “La violencia siempre regresa con más fuerza”. Dudó, bajó el brazo lentamente y salió a buscar a su esposa sin decir nada.

    Por primera vez en mucho tiempo, la muchacha respiró sin miedo. Esa noche, en lugar de hacerse cortes, escribió en su libreta:

    Hoy no me pegó. Hoy me sentí fuerte y amada.

    El trabajo en equipo dio frutos. El proyecto se convirtió en un programa de apoyo comprometido con salvaguardar la integridad de los adolescentes, con un objetivo claro: mejorar la calidad de vida de las mujeres, promover la ausencia de violencia de género en todas sus formas y fomentar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres desde la raíz misma: la familia.

    Un día, Eduviges llegó a clases con una gran sonrisa en los labios. Su voz era diferente, en tono alegre y, sin dejar de ver directo a los ojos de Mima, le dijo entusiasmada:

    —¡Maestra, déjeme le cuento que mi papá y otros señores de aquí fueron a la iglesia a jurar!

    —¿Jurar? ¿Qué juraron?

    —¿No sabe qué es eso? Van a la iglesia y juran ante Dios y la Virgen que no van a tomar vino ni cerveza durante todo un año.

    —¿Ah, sí? Pues esa es muy buena noticia, Edu.

    —Buenísima, porque lo cumplen muy bien. Mis tíos ya lo han hecho y no toman nada.

    —¿Y estos días cómo te ha tratado tu papá?

    —En la casa, poco a poco somos diferentes. Desde que la señorita Blanquita nos está tratando y con las pláticas, todo está mejor… Bueno, también después del susto que les di —contestó con una mueca graciosa.

    La transformación no fue inmediata. Hubo retrocesos, discusiones, momentos de tensión. Sin embargo, en una de las sesiones más intensas, Mima habló directamente sobre las autolesiones.

    —Cuando un hijo se hiere a sí mismo, no busca morir, busca ser visto. Es un grito que no sale por la boca, sino por la piel. ¿Qué estamos haciendo para que nuestros niños prefieran lastimarse antes que pedirnos ayuda?

    Blanquita estaba presente e intervino con contundencia:

    —Bueno, es verdad que no buscan morir, pero sí pueden morir.

    El silencio fue absoluto. Anselmo sintió que esas palabras estaban dirigidas a él. Miró a su hija: sus ojos brillaban de lágrimas contenidas. Fue como un golpe en el corazón.

    Al terminar, se acercó a Mima y murmuró:

    —Me arrepiento, maestra Mima, le juro que me arrepiento. Me asusté mucho con lo que le pasó a mi hija.

    Porfiria, la directora, se aproximó también:

    —Nunca es tarde, don Anselmo. El cambio empieza hoy.

    Las sesiones concluyeron con una comida comunitaria. Cada familia llevó un guisado, aguas frescas y pasteles. Se entregaron diplomas simbólicos, pero el verdadero reconocimiento se manifestó en el ambiente de confianza que había nacido entre padres y maestros.

    El doctor Cárdenas tomó la palabra:

    —Hoy no sólo celebramos el fin de estas reuniones, sino el inicio de una nueva etapa. Ustedes, padres de familia, han invertido en lo más valioso: sus hijos. Que este compromiso no termine aquí, que se multiplique en cada casa.

    Mima miró a Eduviges, que sonreía tímidamente. Ya no llevaba las mangas cerradas hasta la muñeca. La niña había dejado de cortarse y, aunque el camino sería largo, ahora sabía que no estaba sola.

    En el corazón de Santa María del Palmar, la esperanza había encontrado un lugar más allá de las aulas.

  • Despiertan

    Por Héctor Alejo Rodríguez

    Las olas apenas los balancean, pero el silencio pesa más que el salitre. A bordo de la balsa, el tiempo es una línea tensa entre el vacío del cielo y el abismo. No hay brújula; sólo el roce rítmico del agua contra la madera porosa que empieza a beberse el océano. Al horizonte, una luz parpadea. No es un faro, ni una isla. Es el reflejo de la luna sobre los restos de una embarcación que repite su naufragio.

    A pie de lago. Fotografía por Héctor Alejo Rodríguez al borde del Lago de Cuitzeo.

  • A la espera

    A la espera

    Por Diana Galindo

    Ahora que Patricia está en Tierra del Fuego, una ciudad que, al contrario de su nombre, es sumamente fría, se acuerda de sus días de estudiante. Todo fue muy rápido. Sin saber por qué, aprendió cinco idiomas. Hablando con la gente, llegó hasta el sur y cada día tenía que decir un discurso en un nuevo idioma para ganarse el pan. Cuando pasaba frente a la escuela de idiomas, subiendo una colina muy larga, con casas adornadas de flores y enredaderas, pensaba que luego de los estudios encontraría un lugar para ella.

    Esta semana, por ejemplo, se juntó con unos italianos y les mostró la ciudad. Ellos le dieron una moneda plateada que ella pudo intercambiar por un sándwich y una noche más de hospedaje. El martes tuvo que subir por los cerros, mostrando las galerías de arte a unos franceses que estaban fascinados y que escondían muy bien el miedo; ellos tampoco tenían ya muchas monedas plateadas, pero no podían dejar que esto se notara. Y así sobrevivían los habitantes de la ciudad, mientras unos pulpos enormes coleccionaban monedas dentro de la ciudad. Porque en estos intercambios de palabras y sonrisas nerviosas, donde se movían las monedas plateadas sin detenerse, había excesos de dinero que iban a las manos de unos ancianos marinos, que también estaban asustados. Medio ciegos, vivían en cuevas rodeadas de arañas venenosas.

    Mientras las noches de Patricia se iban en seguir estudiando idiomas, buscando la palabra correcta para que se abrieran las puertas —porque estaba a la deriva, tanteando el terreno, pasando el tiempo entre cervezas y lágrimas—, a veces no alcanzaba propina y entonces se quedaba en casa, durmiendo. Durante la noche, de alguna manera, las cosas se arreglaban y se le regalaba la perspectiva de otro día; pero se daba cuenta de que se le estaba agotando la fuerza, de que no podía darles a los ciudadanos de aquella ciudad los conocimientos que buscaban: unas matemáticas avanzadas para seguir construyendo casas de madera y blindar toda la ciudad, porque estaban preocupados. Aunque sonreían y estudiaban historia y matemáticas, tenían a veces, en la noche, sueños con animales parlanchines que los perseguían en medio de la oscuridad, con dardos en las manos.


    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

  • Tres poemas de Alexander Salow

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    Cielo azul

    Ayer salí a buscarte,

    como ocurre a menudo desde que te fuiste…

    ayer barrí el cielo con mi mirada,

    ayer fui de nadie,

    ayer, como prometiste,

    encontré el azul de tu cara

    pintado en la mañana

    de tu cielo sin límites.

    Ayer, las horas eternas,

    ayer, tú y yo a solas,

    mientras vuela el viento y vuela mi alma…

    ya sabes que está en mis venas

    seguir el vuelo de las aves desde la aurora,

    camino al mañana,

    hasta que el atardecer se desangra.

    Ayer,

    solo y siempre ayer,

    tuve la esperanza de ver en el cielo

    todo aquello que no para de crecer

    en mis sueños;

    ayer, si he de creer,

    me convertirás de nuevo en el niño aquel

    que aprendió a crecer

    bañándose en tu reflejo.


    El Viento

    Su envidia nos robó el amor que quise darte

    Un beso encargué al viento que te llevara,

    volando, bajo las estrellas y para tu mejilla,

    sincero, arropado…

    bajo sus alas.

    En él puse un poco de mi corazón,

    mis recuerdos lo acompañan,

    de mi boca nació para el viento…

    del viento hasta tu cara.

    Lo adorné de mi sonrisa,

    de un llanto que todavía nadie ha visto,

    le di un poco de furia al entregarlo,

    un poco de fuego le haría volar,

    le di un sano pensamiento,

    y un poco de ternura al verlo marchar.

    Por él entregué todo lo que soy,

    sólo una frase de la historia más bonita jamás contada,

    de mi ser, de mi espíritu, de mi palabra…

    un poco de mis rarezas, de mi pensamiento… de mi alma.

    Entregué al viento un beso de amor,

    confié en él para que te lo llevara…

    era parte de mi corazón… era un beso de amor…

    era tan bonito que nos lo robó.


    No estás sola

    Mira, el atardecer se fue…

    y nos ha dejado solos

    en la caverna del miedo;

    ya sabes que ha de volver,

    pero nosotros ya nunca volveremos…

    si crees que nada es como ayer,

    no estás sola,

    más allá de mis ser,

    siempre permaneces en mi pensamiento.

    Mira, no llegaron las rosas de San Valentín,

    y te crees olvidada

    en el horizonte de tu carne…

    si ya no hay flores para ti,

    recuerda que aún te quedan amantes…

    uno para regar tu jardín,

    el resto llegará en cada

    invierno; no estás sola,

    si aún crees en mí, vendrán para abrigarte.

    Mira, cenizas en las manos,

    y escarcha en los besos

    que aún nos quedan en nuestra cama…

    es la madera quemada de los años,

    es la soledad tejiendo sus telarañas;

    cuando creas que alguien se ha marchado,

    mira dentro de ti por si has olvidado

    que no estás sola,

    que quien te ha amado te seguirá

    despertando cada mañana.


    Alexander Salow es un autor contemporáneo conocido por escribir obras de ficción, incluyendo títulos como La muerte de Lili, centrados en temas dramáticos y narrativas personales. Su canal en YouTube está disponible aquí: https://www.youtube.com/@AlexanderSalow-bf6sq

  • Viva la Vida de Coldplay en el contexto nacional

    Viva la Vida de Coldplay en el contexto nacional

    Por Raúl Álvarez Huerta / Rock & Raul

    En la historia siempre ha habido una serie de oscilaciones del péndulo, pero el individuo no tiene que quedar atrapado en eso.
    Robert Johnson, músico.

    La Conquista de México es, para muchos historiadores, uno de los episodios de mayor magnificencia en la historia universal. Así lo afirman no pocos especialistas del planeta en la inconmensurable cantidad de libros dedicados a este proceso, textos que reposan en las principales bibliotecas del mundo y que, penosamente, en algunos casos resultan difíciles de encontrar en las librerías de la República mexicana…

    Por un minuto yo tenía la llave; al siguiente, las paredes se cerraron ante mí. Y descubrí que mis castillos estaban construidos sobre pilares de sal y pilares de arena.

    “Viva la vida” es la rola de Chris Martin que bien cabe en estos tejidos nacionales. Con la llegada de Hernán Cortés a la capital azteca, sus tropas pudieron constatar que, al igual que en Castilla y Aragón, aquí también gobernaba un emperador, un tlatoani… un rey. Cristóbal Colón inició la aventura de la conquista de nuevos territorios la madrugada del 12 de octubre de 1492, cuando desembarcó en la isla de Guanahaní. Hernán Cortés la consolidó simbólicamente con la caída de la gran Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521.

    Ambos, con sueños de grandeza y ansias de dominio sobre un continente aún no llamado América; sin embargo, en el norte, los ingleses no se los permitirían. Moctezuma, como máximo jerarca; luego Cuitláhuac y, finalmente, Cuauhtémoc, no pudieron evitar que los soldados españoles, en alianza con los pueblos enemigos de los mexicas, consumaran la Conquista de México. A partir de ese momento y durante tres siglos, tendríamos un nuevo monarca.

    Con los chichimecas, las cosas serían distintas. En el camino de Tierra Adentro, Querétaro y sus misioneros, con sede en el Convento de la Cruz, serían parte imponderable de un escenario de guerra que se prolongaría hasta bien entrado el siglo XVII. En teoría, los aztecas habían sido sometidos; a los chichimecas no. Tampoco a los apaches del norte de México.

    Yo solía tirar los dados, sentía el miedo en los ojos de mi enemigo. Escuchaba cómo la gente cantaba: «ahora que el viejo rey ha muerto, ¡larga vida al rey!».

    “Viva la vida” de Coldplay tiene, además, una connotación mexicana por el cuadro que Frida Kahlo pintó en 1954, hoy resguardado en el museo que lleva su nombre, en la alcaldía de Coyoacán (CDMX). Según biógrafos del mundo del rock pop internacional, la razón de esta referencia radica en la profunda admiración del vocalista Chris Martin por la pintora mexicana y esposa de Diego Rivera. En el mismo tenor histórico, la letra de la rola aborda también el tema de la Revolución francesa, durante el reinado de Luis XVI.

    Yo gobernaba el mundo, los mares se levantarían cuando di la palabra; ahora, por la mañana, duermo solo, barro las calles que solía poseer…

    El ritmo de la canción es pegajoso y luminoso para quienes gustan del rock en sus diversas variantes. Los violines suenan excelsos. Y en vivo, “Viva la vida” invita no sólo a disfrutar la rola, sino también la vida misma, el rock alive. Para muchos optimistas, es una invitación a no perder la fe cuando esta se vuelve una búsqueda constante; a creer en lo que no se ve.

    Un minuto sostuve la llave; luego, las paredes se cerraron sobre mí, y descubrí que mis castillos permanecen sobre pilares de sal y pilares de arena. Escucho que las campanas de Jerusalén están sonando; los coros de caballería romana están cantando.

    “Viva la vida”, por su propia virtud, es el tipo de composiciones que obligan a conocer la traducción desde múltiples perspectivas y contextos históricos. Es una referencia histórica y universal que no pierde vigencia entre quienes siguen encontrando claridad en los personajes que habitan los libros y en quienes los leen. La rola encierra diversas paráfrasis y su fraseo produce un ritmo que la vuelve trascendente: la trascendencia de un rey que pierde su trono y sus paralelos cotidianos en los mortales de a pie, personas de carne y hueso, donde los rockstars no son la excepción. Ellos también son susceptibles de perder su trono.

    Son entes sociales que, de la nada, logran alcanzar la cumbre de sus ambiciones y que, del mismo modo, un día lo pierden todo. En el mundo del boxeo mexicano, este fenómeno es un denominador común entre algunos de sus ídolos. La mayor virtud del boxeo es evadir los golpes; sin embargo, en la vida real, muchos boxeadores no aplican esa técnica para esquivar los derechazos de la existencia cotidiana. Evadir los golpes de la vida es una metáfora que, tristemente, pocos logran entender y terminan perdiéndose en el ostracismo.

    Sé mi espejo, mi espada y escudo, mis misioneros en un campo extranjero; por alguna razón que no puedo explicar, una vez que vas, nunca hubo una palabra honesta…

    Algunos lo hacen por voluntad propia, por la llamada “puerta falsa”, y de manera irónica alcanzan así la inmortalidad: en vida fueron poco conocidos o reconocidos, pero con su fallecimiento aseguran la perpetuidad social. En casos aislados, algunos ya eran referentes en vida, aunque no es la constante. Los ejemplos abundan y, en el terreno que aquí nos ocupa —rock and roll music—, basta mencionar a Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o Amy Winehouse.

    Derribó las puertas para dejarme entrar; ventanas rotas y sonido de tambores. La gente no podía creer en lo que me convertí. Los revolucionarios esperan mi cabeza en un plato de plata…

    En otro orden de ideas, y siguiendo paralelos y similitudes, lo observamos en el andar cotidiano de un mundo competitivo generado por la aldea global y el capitalismo salvaje. Todo se acomoda en el cajón de los escalones sociales y económicos, en la pirámide de las diferencias. Lo que pone en evidencia la metáfora de la canción son los medios utilizados por quienes se trepan al ladrillo de lo superfluo, lo mundano y lo material: grotescos y vulgares maquiavelos que recurren a toda clase de artimañas para llegar a donde se proponen. Es la megalomanía de quienes se sienten más importantes de lo que realmente son; delirios de grandeza que los llevan a creerse poseedores de cualidades extraordinarias. En síntesis, la letra de la rola es, por demás, claridosa.

    Sé mi espejo, mi espada y escudo… escucho que las campanas de Jerusalén están sonando, los coros del Calvario romano están cantando.

    Continúa cuando estés desalentado, porque donde no hay fe en el futuro, no hay poder en el presente.

    Howard Hughes

  • Querido soldado desconocido

    Querido soldado desconocido

    Por Samanta Echevarría

    En el colegio, mis clases favoritas siempre fueron las de historia; sin embargo, algunas veces los maestros solamente nos inundaban de fechas que había que memorizar, sin adentrarnos mucho en los porqués de la historia y de los hechos —Claro que la pasión o el rechazo hacia una asignatura tenía mucho que ver con el maestro en turno—. Aunque debo decir que a mí siempre me gustó ir más allá del temario e investigar por mi cuenta, mientras algunos de mis compañeros sólo se dedicaban a saber lo mínimo indispensable para el examen y algunos otros, ni eso: a pasar en blanco. Por eso, lo confieso, siempre he sido una nerd.

    Por el contrario, mi “coco” fueron las matemáticas, «ciencia que inventara Satanás», se lo oí decir a algún profesor mientras sufríamos con el cálculo diferencial. Las mates no me derrotaron, ya que ciertamente me gradué con una maestría en economía, aunque seguí padeciendo las clases de econometría y microeconomía avanzada. La econometría es odiada entre los estudiantes de economía debido a su rigor matemático; frecuentemente es citada como una de las clases más difíciles de la carrera, ya que integra la teoría económica con matemáticas avanzadas y estadística para resolver problemas.

    Veinte años después, el destino me llevó a dar clases de español y literatura en Estados Unidos, pero la vida siguió llamándome hacia la parte histórica. Desde el año 2018 comencé a apasionarme por la memoria histórica, lo que me condujo a escribir mi primer libro: Memorias de Tierra Adentro, una novela histórica sobre México y, en particular, sobre Querétaro, mi ciudad de nacimiento, combinando la historia nacional con la genealogía y la memoria familiar.

    La memoria histórica es un concepto de la historiografía relativamente reciente, atribuido a Pierre Nora, historiador francés y uno de los representantes más destacados de la Nueva Historia Francesa, conocido por sus trabajos sobre identidad y memoria. No obstante, es importante señalar que la recreación de los hechos históricos ha sido un tema recurrente en todas las artes desde el origen de la humanidad.

    En la literatura, la novela histórica como género literario occidental contemporáneo tiene sus bases en las obras de principios del siglo XIX de Sir Walter Scott —considerado el creador del género por novelas como Waverley e Ivanhoe— y de sus contemporáneos: Víctor Hugo (Nuestra Señora de París, Los miserables); Alessandro Manzoni (Los novios); Alexandre Dumas (Los tres mosqueteros); León Tolstói (La guerra y la paz, considerada una obra cumbre del género); Henryk Sienkiewicz (Quo vadis?); James Fenimore Cooper (El último mohicano); Theodor Fontane (Antes de la tormenta); y, más adelante, Umberto Eco con El nombre de la rosa.

    Es necesario hacer una distinción importante: la diferencia fundamental entre la novela histórica de rigor y la ficción histórica —es decir, la historia novelada— radica en el grado de fidelidad a los hechos históricos. La novela histórica busca recrear un periodo del pasado con rigor, incluyendo personajes y eventos reales; mientras que la ficción histórica utiliza la historia como telón de fondo y se permite mayor libertad creativa, con personajes y tramas inventadas. Es decir, la novela histórica se centra en la verosimilitud histórica, mientras que la ficción histórica prioriza la narración inventada sobre el marco histórico. No obstante, para el lector no especializado, muchas veces resulta difícil distinguir una de la otra. Tradicionalmente, se considera que las obras del género deben escribirse al menos cincuenta años después de los hechos narrados —aunque hoy algunos sostienen que veinticinco años son suficientes—.

    En la literatura española, destacan como exponentes de la novela histórica Benito Pérez Galdós con sus Episodios nacionales; Mariano José de Larra y José de Espronceda; y, en épocas más recientes, Javier Negrete (Salamina, Las puertas de fuego); Santiago Posteguillo, con sus extensas novelas ambientadas en la Antigua Roma; Jesús Sánchez Adalid (El mozárabe); Arturo Pérez-Reverte con las series de El capitán Alatriste y Falcó; e Ildefonso Falcones (La catedral del mar), uno de los autores contemporáneos más reconocidos del género, con más de cuarenta millones de libros vendidos. Cabe destacar también la aparición de una nueva ola de escritores de novela épica, como Jorge Molist (El español), entre otros.

    En México, los mayores representantes de la novela histórica incluyen figuras como Mariano Azuela (Los de abajo); Agustín Yáñez (Al filo del agua); Carlos Fuentes (La muerte de Artemio Cruz, Gringo viejo); José Mancisidor (La asonada); y Francisco Hinojosa, quien se ha enfocado en la novela histórica para jóvenes. En años recientes, ha surgido también una nueva generación de escritores contemporáneos, como Paco Ignacio Taibo II o Alejandro J. Fernández, destacados por sus biografías históricas.

    No es de sorprender que las circunstancias sociales hicieran casi imposible que las mujeres formaran parte de las letras durante gran parte de la historia. Antes del siglo XIX son pocos los nombres de autoras conocidos; algunas incluso escribieron bajo seudónimos masculinos. Existen excepciones notables, como Santa Teresa de Jesús o Sor Juana Inés de la Cruz. Tampoco resulta extraño que aquellas autoras que lograron moverse en círculos de élite fueran vistas con recelo, y que las pocas mujeres que se atrevieron a ingresar al ámbito público literario fueran recibidas con desconfianza. Se acepta que las mujeres fueron relegadas de la literatura durante siglos y que el mundo literario y editorial estuvo dominado mayoritariamente por hombres. No es sino hasta el siglo XIX y principios del XX cuando más mujeres comienzan a publicar, como Jane Austen, las hermanas Brontë, Louisa May Alcott, Virginia Woolf o Agatha Christie.

    Algunas mujeres lograron abrirse paso de manera extraordinaria en la novela histórica, como la baronesa Emmuska Orczy (La pimpinela escarlata) o Harriet Beecher Stowe (La cabaña del tío Tom). Otra pionera fue la estadounidense Margaret Mitchell, periodista nacida en Atlanta en 1900, quien publicó en 1936 Lo que el viento se llevó, novela ambientada en la Guerra Civil estadounidense, con la que obtuvo el National Book Award y el Premio Pulitzer, convirtiéndose en uno de los libros más vendidos de todos los tiempos, junto con su adaptación cinematográfica.

    En la literatura en español del siglo XX, la chilena Isabel Allende abrió camino en el género al fusionar la ficción histórica con el realismo mágico. En México, han sido pioneras Rosario Castellanos, Elena Poniatowska y Nellie Campobello —con la temática de la Revolución mexicana—; Elena Garro con Los recuerdos del porvenir; Laura Esquivel y Ángeles Mastretta, quienes han explorado personajes femeninos en contextos históricos, entre muchas otras.

    En el último medio siglo, las mujeres —antes marginadas o relegadas— se han convertido en figuras centrales y muy populares dentro de la narrativa histórica y de ficción histórica. Este auge responde al deseo de contar nuevas historias desde perspectivas distintas, de rescatar narrativas olvidadas y de explorar la experiencia histórica desde ángulos antes marginados. También ha influido la creciente presencia de mujeres en la industria editorial y el aumento de lectoras, lo que ha incrementado la demanda de estas historias que conciben la historia como una colección de experiencias humanas.

    Las autoras contemporáneas están rompiendo moldes tradicionales, mostrando a las mujeres como protagonistas de contextos históricos complejos, no solo como figuras secundarias o intereses románticos, sino como heroínas de sus propias historias, con ambiciones, deseos y autonomía. Hoy los lectores buscan personajes sólidos y bien construidos, que enfrenten conflictos marcados por la lucha, el amor, la pérdida y el triunfo, sin perder el rigor del género ni la fidelidad al contexto histórico.

    En la literatura de habla inglesa, las mujeres dominan actualmente la ficción histórica con autoras como Alice Walker (El color púrpura), Margaret Atwood (El cuento de la criada), Toni Morrison, Diana Gabaldon (Outlander) y, más recientemente, Kristin Hannah (The Women). Uno de los temas más recurrentes ha sido la Segunda Guerra Mundial, con títulos populares como El ruiseñor de Kristin Hannah, La red Alice de Kate Quinn y Code Name Verity de Elizabeth Wein, entre muchos otros.

    En España, algunas de las voces más populares de la novela histórica actual son Julia Navarro, María Dueñas (El tiempo entre costuras), Almudena Grandes, Paloma Sánchez-Garnica (Victoria), Eva García Sáenz de Urturi (Aquitania), Laura Martínez-Belli, Begoña Valero, Matilde Asensi y Luz Gabás, entre muchas otras. El género vive un momento de gran expansión.

    En el ámbito queretano contemporáneo, la novela histórica también ha tenido un desarrollo notable. Destacan autores como Jesús Reyes Bustos (Circunstancias, La quimera imperial, De aquellas sombras frente al puerto) y Juan Antonio Isla (Bajo los almendros). Entre las autoras, en la novela histórica de rigor se encuentra la maestra Araceli Ardón con Josefa, muy señora mía, sobre la vida de Josefa Ortiz de Domínguez; y me incluyo yo con Memorias de Tierra Adentro. En la ficción histórica figuran Alexandra Lobato (Mulata), Marian Ortiz y su trilogía (La mujer de las águilas, El sabor de la tierra, Raíz), así como la alemana residente en Querétaro, Sabine Schütze.

    Conocí a Sabine Schütze este verano en Querétaro. Nos contactamos por redes sociales, intercambiamos mensajes y finalmente nos conocimos en persona. Sabine es originaria de Oschersleben, a unos 130 kilómetros de Hannover, en lo que fuera la República Democrática Alemana. Vivió la caída del Muro de Berlín a los doce años y posteriormente estudió traducción técnica de idiomas (español, inglés y alemán). Realizó prácticas profesionales en España, Londres y Querétaro, en el Centro Nacional de Metrología, traduciendo textos técnicos. Aunque regresó a Alemania y luego a Inglaterra, México la conquistó, y desde 2001 reside en Querétaro.

    Siempre tuvo gusto por la escritura, desde sus años formativos en el consejo estudiantil durante el socialismo alemán. Durante la pandemia encontró el tiempo para escribir formalmente su primer libro, Detrás del muro (Par-Tres, 2021), una novela autobiográfica. Desde entonces no ha dejado de escribir: hoy cuenta con cuatro libros publicados y más de setenta cuentos en antologías, además de trabajar de tiempo completo y ser madre. Es miembro de la AMMP y de la Banda Literaria de Escritores Queretanos, y colabora con diversas columnas culturales.

    Su primera novela histórica, Querido soldado desconocido (Shanti Nilaya, 2024), narra una historia de amor basada en la vida de sus abuelos durante la Segunda Guerra Mundial, contada a través de cartas. Su más reciente publicación es De Berlín a Tlatelolco (Par-Tres, 2025), una ficción histórica escrita a cuatro manos junto con la maestra Alejandra Camposeco.

  • Entre archivos, memoria y papel: una experiencia de investigación histórica en Querétaro

    Entre archivos, memoria y papel: una experiencia de investigación histórica en Querétaro

    Este verano tuve la fortuna de estar en Querétaro, mi tierra natal, presentando mi primer libro, Memorias de Tierra Adentro (Helvética, 2025), una novela histórica sobre México, producto de una extenuante y minuciosa investigación de genealogía, historia y literatura. Un proceso que comenzó en el año 2018, a partir de la búsqueda de documentos en el Archivo Histórico Eclesiástico de Vizcaya, y que poco a poco me fue adentrando en diversas plataformas de investigación histórica y genealógica. A partir de allí comenzó un proceso detectivesco por reconstruir el pasado.

    A lo largo de la investigación de esta, mi primera novela, calculo que leí aproximadamente 500 textos de un sinnúmero de autores mexicanos y extranjeros. En esta obra están citados cerca de 450 de ellos, que utilicé para reconstruir el pasado: artículos históricos, investigaciones académicas, periódicos, libros completos, colecciones de varios volúmenes, columnas de opinión e investigación, páginas web, testimonios orales, entrevistas, etcétera. Mi intención era realizar un trabajo serio, una narración lo más precisa posible desde el punto de vista histórico y con rigor académico.

    Gracias a la tecnología y a la reciente digitalización de archivos históricos, pude acceder a estos registros a través de diversas plataformas y organismos en línea, algunos gratuitos y otros que requerían suscripciones mensuales, anuales o pagos únicos por la información. Este esfuerzo reciente de digitalización de documentos por parte de diversas instituciones, universidades y organismos públicos y privados, nacionales y extranjeros, fue la pieza clave para que yo pudiera realizar mi obra. Acceder a esta magnitud de datos, incluso hace pocos años, hubiera sido prácticamente imposible sin los registros digitales que, a través de nuevos algoritmos, se conectan unos con otros. Aun así, pese a las mejores tecnologías, pasé a lo largo de estos años infinidad de horas buscando y analizando datos desde mi computadora.

    Después de presentar mi novela en Querétaro y con la intención de continuar con mi investigación histórica, tuve la oportunidad de pasar varios días como investigadora en el Archivo Histórico de Querétaro, ubicado en la calle de Madero, en el centro histórico de la ciudad, donde se resguardan documentos que datan del siglo XVI hasta la fecha.

    Me presenté con la titular de la Dirección Estatal de Archivos, la licenciada María del Carmen Zúñiga, quien muy amablemente me recibió, y de inmediato me puse a trabajar. Tuve la oportunidad de acceder a los documentos del Fondo Colonial de Querétaro y de ver de primera mano los registros históricos del estado, donde se encuentra la historia de la administración pública de Querétaro y de las zonas aledañas, documentos que deben tratarse con sumo cuidado y con equipo especializado. Pasé varios días analizando, registrando y tomando datos, viendo y capturando infinidad de documentos.

    Todo el personal del Archivo Histórico de Querétaro fue muy amable conmigo y sumamente profesional en su trato, especialmente los archivistas Jorge y Montse. Presenciar la historia en vivo y a todo color fue una experiencia invaluable. Fue muy grato sentir en mis manos el papel, percibir el olor de los documentos, observar los distintos colores y matices de las tintas, así como las diversas caligrafías de los pergaminos históricos. Esta experiencia sensorial de investigación me resultó, a mi parecer, más humana y personal que la digital. Sin embargo, debo admitir que el acceso a documentos históricos en formato digital ha transformado profundamente la investigación histórica en los últimos años.

    El Archivo Histórico de Querétaro abrió sus puertas el 21 de julio de 1986, por acuerdo del entonces gobernador Mariano Palacios Alcocer, dándose a la tarea de rescatar y catalogar infinidad de documentos que se encontraban en el abandono.

    Allí, en la sala de investigación, tuve la oportunidad de conocer, charlar y coincidir con otros investigadores dedicados a dar a conocer la historia de Querétaro a través de sus publicaciones: desde la encantadora investigadora norteña Flora Gámez, quien lleva dos años de residencia en el AHQ realizando una minuciosa investigación, hasta el destacado autor, el doctor Juan Ricardo Jiménez Gómez, una de las figuras más importantes en la investigación histórica de Querétaro y del país, con quienes tuve la oportunidad de conversar de manera muy afectuosa.

    Otro de estos inesperados encuentros fue conocer al autor e investigador Jesús Mendoza Muñoz, quien en estos momentos es uno de los investigadores más prolíferos de México. A su llegada al recinto, los archivistas inmediatamente me lo presentaron:
    —Se trata de Chucho Mendoza, uno de los investigadores con más experiencia y conocimientos del AHQ; sabe de todo—, fue la introducción.

    Durante la conversación, Jesús Mendoza me comentó que no tiene redes sociales y que no acostumbra tomarse fotos, pero que haría una excepción por mí. Me regaló uno de sus libros, que me dedicó allí mismo, e intercambiamos correos electrónicos. Se trataba de un hombre muy joven y sencillo, sin pretensiones, pero empapado de conocimientos, con una cámara fotográfica análoga marca Canon en la mano, cuyos jeans desgastados, tenis y chaqueta tipo hoodie deportiva escondían a un verdadero erudito de la paleografía y de los archivos históricos de México, de Querétaro y de su natal Cadereyta de Montes, municipio de la Sierra Gorda y el más extenso de los 18 que conforman el estado.

    Mendoza cuenta con una cantidad impresionante de publicaciones e investigaciones históricas de documentos que hasta hace poco eran inaccesibles. Entre ellas destaca su obra Capitán Alonso de Tovar y Guzmán, fundador de Cadereyta (Fomento Histórico y Cultural de Cadereyta, Serie Divulgación, vol. II, 2013), en la que aborda la fundación, en 1640, de la villa de españoles en memoria del virrey y marqués de Cadereyta, Lope Díez de Armendáriz, quien apoyó decididamente la pacificación de aquella región.

    Jesús Mendoza Muñoz tiene estudios en administración de documentos, paleografía, diplomática y archivística eclesiástica por el Archivo General de la Nación y la Universidad Pontificia de México, donde además estudió latín, teología y filosofía. Ha obtenido los premios Banamex “Anastasio G. Saravia” de Historia Regional en los años 2004 y 2012, así como los premios APOYARTE a la creación artística del Instituto Queretano de Cultura. Desde 2004 se ha dedicado a la actividad editorial a través del Fomento Histórico y Cultural de Cadereyta. Cuenta con una treintena de libros de investigación histórica, muchos de los cuales se encuentran a la venta en la Librería Cultural del Centro de Querétaro.

  • Flores ligeras

    Flores ligeras

    Por Diana Galindo

    Eréndira convirtió la actividad de observar flores en algo especial para ella. Le gustaba pintarlas, olerlas, imaginarlas, contemplarlas. Tener flores había dotado de un nuevo matiz a su vida: significaba que había triunfado y, por eso, contaba con su presencia. Eran costosas, difíciles de obtener, a veces un gasto que no se podía permitir. Cuando esto ocurría, salía a buscar algún jardín y se sentaba en una banca a observarlas.

    Para ello tuvo que hacer un mapa con los jardines de la ciudad. Claro que había muchos lugares y casas con flores, pero necesitaba uno donde pudiera sentarse cómodamente a realizar su actividad. Tener flores en casa era mejor, porque podía hablarles. Había leído alguna vez que el escritor francés Gustave Flaubert calificaba de excesivamente melancólicas a las personas que hablaban con las plantas.

    Pero era difícil comunicarse con ellas: guardaban un silencio constante, del que ella aprendió. Se dio cuenta de que las flores tenían una paciencia enorme, casi infinita, para escuchar la tristeza de los amantes dolidos, de los estudiantes con las notas más bajas, de la gente que iba lento, atravesada en varias direcciones sin estar del todo en una.

    A veces captaba la comunicación de las flores, que veía entre perfumes de niebla y lluvia, de sol con aromas secos de rosas necias que luchaban contra la muerte. Estos aromas eran como un idioma lleno de matices, que la elevaba. Sobre todo el aroma de los grandes árboles, aquellos que, imponentes, llenaban el aire con notas de menta y eucalipto. Guardar silencio en medio de esa tranquilidad se volvió una costumbre, y así aprendió a meditar, a sentir los halos coloridos que emanaban las flores y las personas; luego lo percibió también en el agua, en cada rincón de la ciudad, en los puertos.

    Buscaba la forma de apaciguar su corazón, hambriento de aventuras fáciles; aprendió a controlarlo como si fuera un dromedario rebelde, un ser acostumbrado a patear a los habitantes del desierto.

    Con el tiempo, su corazón se convirtió en un animal más prudente, que observaba largas horas a las plantas y escuchaba su sabiduría: sutil, casi silenciosa y, a veces, demasiado contundente. Así fue como aprendió a estar tranquila, a transformar su alma en un animal divino que antes tuvo el corazón roto, pero se volvió inteligente y sabio.

    Aquello le tomó tiempo, pero ahora estaba en una nueva realidad. Podía caminar largas distancias, emprender labores extensas sin fatiga. Vivía una vida nueva, en silencio y contemplación de las flores y la naturaleza.

    Aquella angustia que antes sintió era un recuerdo lejano. La soledad de sus viajes, la tristeza de sus fracasos académicos y afectivos: todo eso estaba atrás.

    Se quedaba largas horas contemplando la esencia de los seres, veía su enorme esfuerzo por vivir, por completar sus ciclos, sus finalidades. Veía a las plantas florecer y amar como si cada día antes de la llegada de la luna fuera verdaderamente el último, y observaba cómo se apagaban, satisfechas en la gloria de su realización.

    Ella viajaba buscando flores; las dibujaba, contaba historias sobre su fuerza, su vida e incluso sobre sus conversaciones y sueños. Las flores conversaban sobre su experiencia de la noche y el amanecer, sobre el sueño y el despertar.

    A pesar de que el anochecer y el momento previo al sueño a veces les provocaran angustia, despertar cada día seguía siendo una experiencia maravillosa.

    Diana Galindo (Estado de México, 1994) es magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Es autora de los libros Despliegue de pájaros (2012), Spiritual Kingdom (2014), El mundo desde afuera (2019), Las pasiones de la luz (2022) y Atlas magnético (2025), publicados por editoriales independientes como El Humo, Infame Turba e Ígneo.

  • Good Will Hunting

    Good Will Hunting

    Por Raúl Álvarez Huerta I Rock & Raul

    Good Will Hunting (Mente indomable, 1997) vino a impactar a los persistentes en el cine de argumento: ese cine que deja mensajes sustanciosos en el cinéfilo, los guarda en su interior, los comparte y, quizá, logra hacerlos parte de su vida, de su filosofía personal. Robin Williams, Matt Damon y Ben Affleck conforman el elenco estelar que da vida a Sean Maguire, Will Hunting y Chuckie Sullivan. Tras su estreno y la obtención de dos premios Óscar, la película apareció en el catálogo de Videocentro. La cinta está basada en un hecho real sucedido justamente en la ciudad donde se ambienta, con locaciones en Boston, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y la Universidad de Harvard, consideradas por especialistas como las mejores universidades de Estados Unidos, ambas de prestigio académico e investigativo a nivel internacional. En esa misma línea competitiva, el autor resalta la importancia nacional de la UAG (Tecos), la UNAM (Pumas) y el ITESM.

    Mente indomable (1997) relata la historia de un joven reprimido, deprimido y violento; en síntesis, un inadaptado social. Hasta ahí, todo normal, nada trascendente. Salvo por un detalle: Will Hunting posee un coeficiente intelectual de grado superior. Según la famosa gráfica de clasificación del CI, el promedio de 90 a 109 lo tiene el 47% de la población; el resto se distribuye en minorías: de 110 a 119 puntos (inteligencia superior), de 120 a 129 (muy superior) y de 130 a 139 (dotados), apenas un 2.3% de la población. El CI de Will es de 160.

    Para llegar a su trabajo de intendente en el MIT, Will debe atravesar la ciudad. Podría encontrar empleo cerca de su modesta vivienda, pero viaja todos los días en metro para limpiar pisos… y, cuidándose de que nadie lo vea, resolver planteamientos matemáticos aptos solo para mentes brillantes, expuestos en un pizarrón de uso común para que los estudiantes del Tecnológico los intenten resolver, reto complicado para la mayoría. Will los soluciona sin mayor esfuerzo.

    El profesor Gerald Lambeau (Stellan Skarsgård), un académico obsesionado con la fama por encima de valores humanos, lo descubre. Prestigiado catedrático, arenga al alumnado a volverse matemáticos célebres. Pronto percibe las conductas antisociales de Will, pero también la satisfacción de haber encontrado una mente excepcional. Se asume como su tutor. Will acepta las condiciones de tutoría con la garantía de obtener su libertad tras verse involucrado en una pelea callejera. Gerald obtiene un triunfo parcial, pero su descubrimiento necesita terapia: Will es rebelde, no tolera la autoridad, es huérfano y vive solo. El profesor lo canaliza con colegas psicólogos, sin éxito. Will no se deja domar. Queda una última opción: Sean Maguire, especialista en casos espinosos. Tras una primera sesión difícil, Sean acepta el desafío; será el encargado de llevar a buen puerto a su complicado paciente. Siente que puede con esa mente indomable.

    Chuckie Sullivan es su mejor amigo. Trabajan como albañiles, viven para beber cerveza, ver béisbol y practicarlo. Chuckie guarda cosas sobre Will y, cuando se las expresa, el joven matemático se incomoda ante las expectativas que su amigo tiene de él. Chuckie sabe que jamás será un gran estudiante, es consciente de sus limitantes, pero no siente envidia: sabe que Will está parado sobre un billete de lotería y no es capaz de cobrarlo. Desea verlo codeándose con alumnos y egresados en las grandes ligas del conocimiento.

    Skylar (Minnie Driver), su novia, estudia en Harvard y es dueña de una considerable herencia, situación material que no altera sus relaciones personales. Tampoco afecta su noviazgo con un chico de extracción humilde pero dotado de una inteligencia que la atrae, aunque también ve en él otros valores. Lo único que le pide es que la ame y se vayan a vivir juntos a California. Skylar es su alma gemela, una pieza necesaria para completar la terapia de su vida: su coeficiente intelectual es lo de menos.

    Sean y Will entablan una relación de amistad que rebasa el esquema psicólogo-paciente. Gerald está ansioso porque su protegido sea dado de alta, pero ni al psicólogo ni al paciente les importa la prisa: en ambos han nacido expectativas de vida en las que no caben los planes que Gerald tiene para Will. Con todo, la terapia de Sean ha logrado avances. Sean es viudo, pero ha decidido volver al juego del amor; su paciente le ha permitido ver cosas que él mismo no podía —el psicólogo no se cura a sí mismo— y, de paso, ha ayudado a Will a descubrir qué quiere.

    Will Hunting es la mente brillante que resuelve fórmulas imposibles, jugando a las escondidas con las autoridades académicas, alimentando su alter ego al sentirse superior a profesores y alumnos. Con todo su dinero, no podrían hacer lo que él hace por simple pasatiempo. Eso no le importa a Skylar: ella ama a Will, no al joven dotado. Gerald lo quiere para ganar fama internacional; Sean solo desea lo mejor para él; Chuckie, también. Al final, Will toma la mejor decisión: ir a California en busca del amor de Skylar.

  • «Distrito Central» by Juan Antonio Isla

    «Distrito Central» by Juan Antonio Isla

    Countless American college students between the ages of eighteen and twenty-three passed through my classrooms during my more than fifteen years as a Spanish instructor in the United States. Making a quick mental calculation, I can assume there were probably around two thousand young people whom I taught in that time. I had all kinds of students: good, bad, and so-so; most of them of Anglo-Saxon origin, but I also had African American, Asian, Hispanic, and international students in my classes. There were students of every kind—from those who took Spanish only to fulfill an academic requirement to those whose lives were changed by learning a new language. In general, they were all relatively serious students, as it was an expensive university.

    However, despite what is often said in politics or in the media, my experience showed that most American college students ended their courses with a genuine appreciation for the Spanish language and for Hispanic culture in general. Most students chose to continue studying Spanish in higher education after beginning in high school. They started out attracted by the food and ended up falling in love with the culture. Many wanted to keep learning after the course ended and even considered traveling to Latin America or Spain before finishing their university studies.

    Most of my courses focused on teaching the language—from the basics to more complex rules. But in a few of the more advanced classes, I had the opportunity to go beyond grammar and delve into Spanish literature with passages, essays, and short stories by some of the most outstanding contemporary authors. Considering that, for these students, Spanish was their second or third language, the ability to read in a tongue that was not their “mother” language was, naturally, more challenging.

    In my experience, when reading the “great” and the “consecrated,” Federico García Lorca was immediately liked for his frankness and eloquence when we read excerpts from Blood Wedding or The House of Bernarda Alba. Carlos Fuentes resonated deeply with almost everyone—especially with the “heritage speakers” of Latin American background—because his essays often addressed identity, which made them feel immediately represented. The stories of Isabel Allende, Ángeles Mastretta, and Elena Poniatowska were perennial favorites, especially among women, due to their sensitivity, nostalgia, and captivating language. Gabriel García Márquez, though one of the greatest, was challenging for students because of his many colloquialisms and regionalisms. Meanwhile, Vargas Llosa—although extraordinary, in my opinion—was sometimes perceived as a little “pretentious.” However, the short stories of Arturo Pérez-Reverte and Edmundo Paz Soldán were widely enjoyed because they were easy to understand and addressed contemporary issues without delving too deeply into cultural intricacies.

    Despite being more complex, many students found great fascination in Jorge Luis Borges, especially in his laborious narratives and metaphors that invited reflection. “Emma Zunz” was one of their favorite stories. They also found Augusto Monterroso and his micro-stories captivating. By the end of the course, we read Julio Cortázar, which for many students “blew their minds.” For others, Cortázar was simply too complex—difficult to understand and analyze. I don’t blame them; Cortázar’s most important novel, Hopscotch, is still one of the most complex books I have read so far.

    One can read that novel in several ways: following the traditional order from beginning to end, skipping chapters according to Cortázar’s “table of instructions” (reading sequentially from chapters 1 to 56 and dispensing with the rest, or starting at chapter 73 and continuing in the order suggested), or reading in free form, jumping through fragments in different directions.

    Julio Cortázar (1914–1984), Argentine novelist, short-story writer, essayist, and translator—later naturalized French—is one of the most important representatives of the Latin American Boom. He is possibly one of the most innovative and original authors of his time, a master of prose and of the short story. He broke classical molds and inaugurated a new way of writing literature with multiple narrative perspectives that challenged the temporal linearity of traditional fiction. Cortázar became notable for his numerous short stories, collected in volumes such as Bestiary (1951), End of the Game (1956), and The Secret Weapons (1959), establishing himself as one of the greatest storytellers of the twentieth century. His stories often include fantastical or mythical elements; protagonists who begin in ordinary situations but end in strange or terrifying circumstances; and bold jumps in time from one paragraph to the next.

    This summer I was in Querétaro, Mexico, my hometown, to present my first novel, Memorias de Tierra Adentro. At the end of my stay, I had the opportunity to chat with the writer Juan Antonio Isla, who is also originally from Querétaro. Although I had known of him since childhood—through his friendship with my parents and because we are from the same town—I had never had the chance to chat with him in person. Very kindly, he invited me for a cup of coffee and a delicious slice of cake in a lovely café near the striking Querétaro aqueduct. He gifted me two of his books and signed them on the spot—a great honor. I began reading one of them immediately; I read the second upon arriving home in the United States.

    Under the Almond Trees: Prints of Love and Death (Editorial Siglo XXI, 2017) was the first. I enjoyed it immensely because it combined two of my favorite subjects: historical fiction and the city of Querétaro. I read it in two days without stopping. It is a story based on true events about two rival families during the Mexican Revolution. I loved the histories behind the monument to La Corregidora (which I have walked past countless times), the story of the city’s modernization, and the tale of the first car in town. In this book, in my opinion, Juan Antonio Isla establishes himself as a true “Master of the Querétaro Novel.”

    Later, upon returning home, I read his latest book, Central District: A New Model to Assemble (Editorial helvética, 2024). I was fascinated by it. Set in the 1950s, the novel is a circular narrative composed of story fragments arranged in a documentary style in the fictional town of Distrito Central—an allusion to Querétaro. The novel invites the reader to assemble their own version of the story. Some passages are humorous, others raw; many have a strong sexual charge, making it a book for adults (surprising, given its portrayal of a conservative town). Yet all are magnificently narrated. It is difficult to read in one sitting; it must be read slowly, and sometimes reread, to avoid losing the thread.

    Isla’s narrative style reminds me quite a bit of Carlos Fuentes, but the novel’s complexity is more akin to Cortázar, as Isla often embeds stories within stories. This intentional “chaos” is precisely the effect the author seeks. The book is full of characters, and yet each serves a purpose. Central District reminded me of Cortázar’s Hopscotch, where the reader can jump from one part to another, start in the middle or at the end—much like the children’s game of the same name—or like those “Choose Your Own Adventure” books I read in the eighties, but in a far more sophisticated way. A book of this nature is difficult to achieve, and it speaks to an author who is a master of narrative with great experience.

    Distrito Central: Un Nuevo Modelo para Armar
    (Editorial helvética, 2024) ★★★★★
    (Spanish edition)
    The book is available on Amazon.